Aprende la importancia de poner límites a tu generosidad

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Saber poner límites a la generosidad es importante para establecer vínculos sanos. Hay quienes por naturaleza suelen «darlo todo» en sus relaciones; desde cuidados hasta regalos o la simple disposición de estar ahí siempre. Pero, ¿cuándo se vuelve perjudicial? ¿En qué momento hay que poner freno?

Lo cierto de todo es que hay muchas situaciones en las que hay que saber decir «no» para no comprometer el bienestar propio. Ser generosos todo el tiempo puede conducir a que los demás se aprovechen o no asuman sus responsabilidades. ¿Quieres saber más al respecto? Sigue la lectura.

¿Por qué es importante poner límites a tu generosidad?

Poner límites a la generosidad también implica resguardar y cuidar la relación. Para que un vínculo funcione y se sostenga en el tiempo, debe ser justo; las personas implicadas deben sentir que dan y reciben lo mismo, y no que una de ellas se esfuerza y da de manera continua, mientras que la contraparte solo está en posición de recibir.

Por otro lado, esto tiene que ver con una cuestión de autocuidado y autorespeto. Es decir, aprender a tender la mano y ayudar a otros sin que eso signifique exigirse o comprometer el propio bienestar. Regularse en la generosidad y hacerse respetar hace parte de las habilidades sociales, tan necesarias para la salud mental.

Asimismo, el hecho de poder decir «no» también tiene que ver con la responsabilidad. Cada quien debe ser el propio capitán de su vida. Eso no quiere decir que no podamos buscar un «copiloto» en ciertas ocasiones.

No obstante, hacerse cargo de las decisiones y no depender de la generosidad de los demás también forma parte del crecimiento.

Algunas claves para poner límites a tu generosidad

La generosidad es una virtud que puede contribuir al establecimiento de buenas relaciones, tanto personales como laborables. Sin embargo, mal utilizada puede derivar sentimientos de frustración o enojo. Por eso, conviene poner en práctica algunas recomendaciones para ponerle límite siempre que sea necesario.

No personalizar la ayuda

Quizás en un principio te parezca que eres la única persona que puede ofrecer ayuda, y que si no lo haces tú, nadie lo hará. Sin embargo, esto no es cierto.

Elegir hasta dónde puedes ayudar

Si te sientes a gusto ayudando, está bien. Si está en tu esencia hacerlo, no intentes cambiarla. Pero lo cierto es que tampoco puedes intentar resolver la vida de todas las personas que te rodean. No te hace bien ni a ti, ni a tu entorno.

En cambio, lo que puedes intentar es ofrecer tu apoyo, pero también dejar un margen de acción para que el otro también se active. O bien, sugerir a que lo hable o intente con alguien más. En definitiva, se trata de colaborar y no de cargarse con una mochila que no te pertenece.

Aprender a ver la generosidad como una elección, no como una obligación

Es importante que sepas que puedes decir que sí y que no; la generosidad debe ser espontánea y fluida. Cuando sientes que «te acorrala» como en un callejón sin salida, es porque es impuesta. En ese caso, es necesario que te escuches y puedas decidir hasta dónde eres capaz de dar y seguir.

Aceptar que no siempre vas a dejar conforme a todo el mundo

Complacer a los demás nunca debe ser una opción. No todos siempre quedarán conformes, pero está bien. Poner límites también implica que habrá quienes se molesten o no puedan aceptarlo.

Aprender a aceptar y pedir

Muchas veces, quienes se caracterizan por ser demasiado generosos se quedan a mitad camino al momento de pedir ayuda o de aceptar detalles de las demás personas. En este sentido, hay que aprender a reconocer el tiempo y el esfuerzo que se dedica a otros, y que es bueno que la balanza se nivele entre el dar y recibir.

Evitar siempre decir que sí

Hay que ser conscientes de que cada persona tiene su propia vida, sus planes y sus compromisos. Por eso, en muchas ocasiones es mejor decir que «no» y priorizarse.

La «hiper» generosidad, ¿para qué?

Para quienes practican la generosidad sin límites también es hora de preguntarse para qué lo hacen. En muchos casos, ese patrón es el compañero de una baja autoestima, de la inseguridad, de la complacencia o de la búsqueda de aceptación y reconocimiento por parte de otros.

Entendida de esta manera, es perjudicial tanto para uno mismo como para los vínculos que se quieren forjar. Mientras que se ignoran los deseos y necesidades propias, las relaciones se vuelven interesadas y carecen de reciprocidad.

Ahora bien, toda esta situación puede conducir a comparaciones —«no dan como yo doy»— o a falsas expectativas —«ahora doy para recibir después»—; pero cuando eso no sucede, se va generando frustración y hasta rencor.

En última instancia, ser demasiado generosos puede ser la manera de ser el centro de atención. Es decir, implica cierto egocentrismo que conduce a actuar de tal modo.

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