Las cavernas de Talgua un enigma por descubrir

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Honduras.

Los mitos y supersticiones de los más antiguos pobladores de esta ciudad confirman los cotejamientos de científicos que estudiaron la civilización de Talgua, hoy por hoy el enigma más importante de los primeros pobladores de la América india.

De voz en voz trasciende la leyenda sobre esta civilización que depositaba sus muertos en las oscuras cuevas mediante rituales ruidosos, ancestral tradición de nuestros antepasados, expuso un cacique de la tribu Tawahka durante un encuentro étnico celebrado en Catacamas.

Fueron esas sus costumbres y quienes torcieron sus creencias fue la Iglesia Católica luego del arribo de los colonizadores europeos, quienes impusieron a los nativos que los muertos tendrían que enterrarse y colocarles una cruz sobre su tumba.

La historia de esta civilización cuenta que los entierros en cuevas representaba mucha importancia porque los indígenas creían que por el hecho que las cavernas penetraban la tierra, eran entradas al inframundo donde residen las almas de los muertos y colocarlos en las cuevas aceleraría ese viaje y aseguraría que el alma de los muertos no deambulara perdida entre el mundo de los vivos.

Los indios de Mesoamérica creían que los dioses que controlaban la fertilidad de las plantas vivían en la tierra y que la lluvia era un fenómeno terrestre, no celestial, que las nubes y relámpagos se formaban en las cuevas antes que los dioses los enviaran al cielo como una conexión entre el cielo y la tierra, entre lo natural y sobrenatural.

Los sepulcros de personas, según establece la información del Museo de Talgua, era en pequeños bultos de manta de algodón amarradas antes de ser llevados a las cuevas.

La leyenda establece desde formidables escuelas de brujería, localizadas a escasos kilómetros de la población de Talgua. Allí están «La Pintada», una piedra donde están esculpidos los rostros de quienes supuestamente fueron los jefes de los hechiceros de la zona.

Arriba, en el gran cerro «Miramar», donde se estableció una piedra de sacrificios de niños para ofrendarlos a los dioses para que enviara la lluvia, la que entre más llanto arrancaban del infante el invierno sería más copioso y duradero.

Cuentan los vecinos que por las noches brama un feroz toro, cuyos berridos se escuchan por todo el valle de la riberas del río Talgua. Igual en la localidad de La Unión, próximo a la hacienda de don «Changel» Moya, el llanto de una mujer reclamando a su hijo se escuchaba a medianoche.

La Llorona recorre río arriba y sus gritos se pierden en las oscuras «cavernas», relató en su oportunidad un grupo de pobladores, entre ellos el regidor municipal, profesor José Manuel López Muñoz, y el dirigente campesino José Bú. «Y no es cuento porque toda la comunidad se agrupaba a escuchar a la extraña llorona», manifestaron.

El enigma de las cuevas de Talgua trasciende y se guarda desde hace 500 años, aún muchos misterios se ocultan sin trascender al público.

Meses anteriores, la ex directora del Instituto Hondureño de Antropología e Historia, doctora Olga Joya, en su administración despidió a Marcelino Nieto, vigilante de las enigmáticas cuevas cuando reveló que en ese lugar se escuchaban voces y la presencia de fantasmas, pero nunca permitió que circulara tal noticia por el prestigio turístico del lugar, hoy convertido en parque arqueológico.

La población que floreció aquí fue una de las primeras civilizaciones de América, establecida en los valles olanchanos 900 años antes de Cristo, apartadas a la orilla del río Talgua cristalino y ruidoso a su paso, a 7 kilómetros al noreste de la ciudad de Catacamas, al final de la cresta de Agalta, donde los investigadores excavaron por varias semanas.

Los primeros cotejamientos científicos donde vivió la población destacan que restos de casas y fogones se encontraron en una ubicación geográfica de la frontera tradicional entre las dos áreas culturales más grandes y reconocidas de América, la Mesoamericana y la Andina.

En una especie de colina queda confirmada la existencia de una colonización prehispánica de 3,000 años a C a 500 años d C

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